A lo largo de la historia, la construcción de un Estado nunca ha sido un acto espontáneo ni una simple acumulación de decisiones aisladas. Detrás de cada nación sólida existe un proyecto intelectual, político y simbólico que le da forma, sentido y continuidad.
Los pueblos no se cohesionan por accidente, es necesario un relato que los unifique, una ley que los ordene, un liderazgo que los encauce y una visión de futuro que justifique los sacrificios del presente.
En este escrito exploro, desde una perspectiva completamente hipotética, cómo podría diseñarse una estrategia fundacional capaz de transformar grupos humanos dispersos en un cuerpo político estable. me imagino una arquitectura estratégica aplicada a un Estado moderno, tomando como ejemplo somero a los Estados Unidos de América. Luego, contrasto ese modelo con un ejercicio similar sobre Moisés y el Pentateuco, analizando cómo elementos narrativos, legales y religiosos pudieron funcionar, si así lo quisiéramos suponer, como herramientas para consolidar un proto‑Estado en pleno desierto.
No se trata de afirmar hechos históricos ni reinterpretaciones teológicas, sino de observar cómo, detrás de cualquier nación, antigua o moderna, se repiten ciertos patrones inevitables:
- Un mito que da identidad.
- Un enemigo que cohesiona.
- Una ley que ordena.
- Una élite que dirige.
- Una expansión que legitima.
- Una promesa que sostiene el proyecto a través del tiempo.
Con esa mirada, los dos casos, separados por miles de años, comienzan a dialogar, revelando que la construcción de un Estado siempre implica algo más que territorios y decretos, se requiere de una narrativa capaz de convertir a individuos dispersos en un pueblo con destino común.
La estrategia fundadora de EE. UU. pudo ser algo así:
Un Relato de Origen Común para Unificar Colonias Diversas
Se debe inventar una narrativa, mito, inspiración divida u objetivo colectivo, en nuestro caso tendremos la narrativa de la “libertad contra la tiranía” funciona como un mito fundacional.
Aunque se tengan colonias con profundas diferencias económicas, religiosas y culturales, la noción de una lucha épica contra una metrópoli opresora serviría para unirlas.
Para fortalecer este relato de unificación, la independencia se presentaría como inevitable, “destinada”, casi un mandato moral.
Este discurso nos genera por sí solo una estratégica ficticia, “Crear un enemigo común” y un destino compartido que borrara tensiones internas y justificara la unión política.
Una Constitución como Máquina de Estabilidad y Expansión
Dentro de esta ficción, la Constitución no sería solo un documento legal, sino una herramienta de ingeniería política.
Se debe diseñar deliberadamente ambigua en ciertos puntos, para permitir la flexibilidad institucional, y de esta manera evitar que el nuevo Estado quede preso de rigideces como las monarquías europeas.
Se debe construir una estructura de poder equilibrada pero expansiva:
- Un ejecutivo fuerte para la acción rápida.
- Un Congreso capaz de legislar sobre territorios nuevos.
- Una Corte Suprema que, con el tiempo, pueda reinterpretar la ley para sostener la unidad.
De esta manera creamos un sistema adaptable, capaz de absorber poblaciones, territorios y conflictos sin colapsar, bajo nuestro control.
El Invento del “Sueño Americano” como Ideología Nacional
El “American Dream” se concibe como una herramienta unificadora
No necesariamente como una realidad inmediata, sino como un ideal movilizador, con esta herramienta sustituimos la diversidad con una identidad étnica o religiosa común.
Dándole a los inmigrantes, colonos y generaciones futuras una razón para adherirse a la nación más allá de los líderes fundadores, sin importar que su estatus de extranjeros en cualquier momento pueda cambiar.
El Control del Relato Religioso sin Imponer una Religión Oficial
A diferencia de modelos teocráticos, la libertad religiosa se usa como mecanismo político para atraer colonos y evitar guerras internas, permitiendo que cada grupo vea en la nación un espacio propio.
Con este relato cambiamos lo “sagrado” por lo “civil” como fundamento de legitimidad, documentos, símbolos y valores reemplazan la idea de mandatos divinos.
De esta manera construimos cohesión a partir de principios universales, y no dogmas particulares.
Una Élite Intelectual y Económica que Dirige el Proyecto
En esta hipótesis, la élite fundadora actuaría como:
Un consejo estratégico, visionarios que entienden economía, guerra, filosofía y administración, encargados de crear un modelo económico basado en productividad, comercio y expansión territorial.
Constituyendo una oligarquía temporal, que gobierna mientras el sistema se arraiga Y luego deja un mecanismo para que nuevas élites surjan dentro del marco institucional.
Esto asegura que el proyecto no dependa solo de líderes carismáticos, sino de una clase dirigente disciplinada.
La Expansión Territorial como Doctrina Nacional
El concepto ficticio del “Destino Manifiesto” actuaría como una ideología de expansión inevitable, Justifica la toma de territorios por cualquier medio, sin importar sus habitantes o sus costumbres, proyectando el país hacia el oeste.
Alineando la economía, la política y la identidad nacional en un mismo propósito y garantizando crecimiento continuo, al reforzar la unidad y evitar estancamientos peligrosos, a cualquier costo.
El Diseño de un Sistema Económico Multipolar
El Norte industrial y el Sur agrícola son parte de una estrategia mayor, en la cual la diversificación económica para garantizar autosuficiencia es la complementariedad interna, para disminuir la dependencia extranjera.
El comercio interno se vuelve el motor del país, gracias a una moneda uniforme y un sistema federal sólido, creando una economía interna fuerte que mantenga unida a la nación incluso en tiempos de conflicto.
La anteriormente descrita es una estrategia política‑religiosa que utiliza narrativas ancestrales, legislación sagrada, símbolos, ritos y organización social para transformar una multitud migrante en un Estado naciente con identidad, ley, autoridad y destino común.
Habiendo visto cómo un Estado moderno puede construirse mediante una ingeniería narrativa y jurídica, vale la pena observar cómo un proceso similar podría imaginarse en la antigüedad
Ahora plantearé un análisis ficticio que asume “solo como ejercicio imaginativo” que Moisés desarrolló una estrategia consciente para consolidar un proto‑Estado en medio del desierto, utilizando elementos narrativos, legales y simbólicos del Pentateuco como herramientas de cohesión.
Solo por un momento pongámonos en los zapatos de Moisés, todo un pueblo disgustado por su situación en medio del desierto, sin poder avanzar y sin poder regresar, esta situación los pudo llevar a la Construcción de una Identidad Nacional Unificada
Un pueblo sin territorio
Moisés habría comprendido que un pueblo sin territorio, sin memoria común y sin estructura política era vulnerable a dispersarse.
Es posible que las narraciones del Génesis “escritas por el mismo” funcionaran como mito fundacional.
La figura de Abraham sería usada para sembrar en la mente del pueblo la idea de una elección ancestral, un destino compartido y una promesa de tierra, estas historias de patriarcas (Isaac, Jacob, José) crearían una genealogía común, necesaria para formar una unidad étnica y espiritual, construyendo una base identitaria que le permita unificar a doce grupos tribales heterogéneos bajo una misma historia de origen.
Un Código legal
De igual manera, será necesario un Código Legal que Actúe como Constitución Primitiva.
En esta versión hipotética, Moisés habría comprendido que ninguna confederación tribal podría mantenerse sin un sistema jurídico sólido, por ello el conjunto de leyes del Éxodo, Levítico y Deuteronomio actúan como una “Constitución Sagrada”, dividida en dos grandes grupos.
Las leyes civiles (sobre daños, propiedad, restituciones) permitirían regular conflictos internos.
Las leyes rituales y de pureza reforzarían la diferencia entre Israel y otros pueblos.
También es necesaria la centralización del sacerdocio en la familia de Aarón, para crear una estructura religiosa estable y sobre todo controlada.
Si la ley es presentada como dada por Dios, su cumplimiento es más sacrificial liberándolo de la fuerza militar, y mejorando el arraigo de la autoridad espiritual.
Liderazgo legitimado
Moisés requiere una autoridad que no pueda ser cuestionada por ello requiere de un Liderazgo Legitimado por la Figura Divina.
Al presentarse como mediador exclusivo entre Dios y el pueblo (“Y habló JHVH a Moisés”), consolida un liderazgo inapelable, la experiencia del Sinaí, vista desde esta óptica, se puede convertir en un acto político, el pueblo experimenta temor y reverencia, aceptando la ley sin resistencia, creando un liderazgo carismático basado en la experiencia mística, evitando divisiones internas que podrían fracturar a la naciente nación.
Ahora bien, el Pentateuco describe un campamento organizado casi militarmente, esta organización del Campamento es un Modelo de Estado, Tribu por tribu, con posiciones específicas, un santuario central que funciona como sede de gobierno y un sistema de jueces locales que escalan casos al nivel superior (Éxodo 18).
El tabernáculo funciona como capital portátil, es el centro religioso, judicial, administrativo y simbólico, representando el poder nacional donde vaya el pueblo.
Esta figura es una especie de ensayo de estructura estatal, aunque todavía no exista un territorio fijo.
La Tierra Prometida
La Tierra Prometida puede ser vista como Proyecto Político Futuro, esta promesa de una tierra no sería solo teológica, sino un mecanismo de cohesión, que mantiene al pueblo unido bajo un propósito común, evitando la dispersión por cansancio o conflicto interno y proyectando la misión hacia una meta que trasciende a Moisés mismo, garantizando continuidad intergeneracional del proyecto político, incluso después de su muerte.
Como Doctrina de Expansión Territorial, se presenta la Guerra Santa, esta idea de “heredar” la tierra y expulsar a otros pueblos crea una justificación religiosa para el asentamiento, la guerra ya no es meramente política, sino mandato divino, lo que elimina disidencias internas, y posibles sentimientos de culpa por la pérdida de vidas humanas, convirtiendo la expansión territorial en una obligación sagrada que unifica a todas las tribus bajo un objetivo común, generando poderío militar.
Un estado que no muere
Finalmente, Moisés asegura que su Estado naciente no muera con él, instituye a Josué como su sucesor, deja instrucciones legales por escrito y prioriza la estructura sacerdotal para mantener la cohesión religiosa, garantizando que el proyecto militar sobreviva más allá de la figura del fundador, incluso hasta los tiempos modernos.
Desde esta perspectiva ficticia, tanto un Estado moderno como uno antiguo pueden interpretarse como productos de una ingeniería narrativa, simbólica y legal, diseñada para unir, dirigir y perpetuar un proyecto político a largo plazo.



